domingo 13 de diciembre de 2009

La nomenclatura de las calles

Casi siempre, las calles son bautizadas por la historia oficial; sin embargo, también quedan pueblos donde se impone la metonimia de la gente local. Escribir sobre ciudades no sería lo mismo si sólo nos limitáramos a la descripción del lugar sin la buena referencia de las calles. Onomatopeya nostálgica del viajero.

La simple evocación de unas calles puede reflejar la cartografía de nuestras vidas, un vistazo a nuestra búsqueda o el recuento de los pasos. Mi vida en esta ciudad comenzó en la calle Juárez, en el edificio donde vivimos un largo año. Entre las calles Agustín Rodríguez y Libertad, justo enfrente de lo que ahora es una tienda Elektra; teníamos una vida tranquila: por las tardes recorríamos el Malecón del Paseo Díaz Ordaz hasta la calle Morelos frente al Palacio Municipal.

Recuerdo que los paseos acababan en el Parque Juárez, donde ahora hay un horrible estacionamiento; como pocos niños vivían cerca, las horas del parque las compartía con los hijos de los indígenas que vendían artesanías y los niños grngos que también detenían su paseo. El Centro de Vallarta era mi casa.

Muchos años después recorrería las mismas calles; embriagado del perfume de la adolescencia. Empezaba a conocer las claroscuros de la vida: mi abuela acabada de morir y conocí el primer amor. Vivía muy lejos de la calle Juárez; ahora mi casa estaba en la colonia Coapinole en España 182, para ser precisos. Eran los comienzos del 2001, en lugar de dormir la acostumbrada siesta de la secundaria, salía a vagabundear por el Centro.

Cruzaba el puente colgante de la calle Constitución, donde para estupefacción de los gringos, hacía temblar las tablas con cada brinco, para entrar a la isla del Río Cuale. A veces iba a mis clases de guitarra, en otras sólo iba a entretenerme viendo a las chavas del grupo de teatro. Después me iba por la Insurgentes –la calle del extinto Cine Bahía- y emprendía el recorrido por la Matamoros hasta llegar al cruce con Corona: mi cita puntual con el mirador. En esa esquina está una de las mejores vistas que se pueden encontrar.

Así eran mis recorridos en la época que vagabundeaba. Ahora lo sé: caminar también es buscar respuestas. Fuera del romanticismo y las nostalgias debo acotar que me sorprende mucho que ahora se pueda ver desde cualquier lugar del mundo (con una conexión decente de Internet) vistas de 360 grados de todas las calles de Puerto Vallarta. No deja de sorprenderme.

Minutas:

-Quizá el próximo año inicie con una buena sorpresa, estén al pendiente.

-Hablando de calles. Clic aquí.

-La bola en la ingle mejoró.

domingo 22 de noviembre de 2009

Estampas deportivas

La justicia poética y la justicia deportiva no tienen por qué parecerse, según mi percepción. Que un equipo de tercera división derrote al puntero de la primera división es un guarismo de probabilidad. El siguiente domingo nada quedará. La historia de David contra Goliat -fastidioso lugar común- al final será estadística en los diarios deportivos.

Si existe un deporte injusto no dudo que sea el box. Meses de entrenamiento que pueden ser nada si caes por nocaut en un round. Continuas defensas del título que pueden ser olvidadas cuando el retador se impone. Que alguien, en medio de la euforia, se tome el tiempo para respetar a su rival y decirle ¡You´re still my idol!, es, sin duda, el mejor ejemplo de humildad deportiva.


El fútbol tiene raíces exiguas en la literatura mexicana; resulta un tema incómodo para los autores y editores mexicanos -por tácito consentimiento- el fútbol está relegado a los suplementos deportivos. No me extraña que se escriba poco de este tema, en México nos causa timidez hablar del poder: el sexo y la religión tampoco están en el debate nacional.

Siempre he creído que México nunca estuvo tan cerca de ganar un Mundial como lo estuvo en Francia 98. Me baso en una sensación inefable que me persigue desde el día que Alemania derrotó a México. Casi nunca puedo explicar mi argumento –ahora no es la excepción- sólo puedo espetar que nunca he sentido a una selección de fútbol tan mexicana, nunca he gritado tanto un gol como el que hizo el paisano Luis Hernández. Desde ese partido en Montpellier me acompaña una agradable nostalgia.



Los curlers canadienses aseguran -con el mismo tono que usan los primer mundistas para declarar que abolieron una costumbre de país sub desasarrollado- que el curling es un deporte anti-discriminatorio. Lo pueden jugar mujeres y hombres en ligas separadas o equipos mixtos. Ancianos y amas de casa pueden participar en este deporte olímpico, apenas esforzándose físicamente.

Según los mismos curlers es un deporte con estrategias tan complejas que ha sido llamado “ajedrez sobre hielo”. El curling -comparación obligada- es similar a la rayuela mexicana; la versión sofisticada que juegan los canadienses y europeos también conserva el placer de desplazar al rival.



Minutas:

-Regalito: clic aquí.