26 de junio de 2011

De una pieza

Hace casi un mes que estoy yendo a clases de baile de salsa, por un fuerte motivo: ver en el rostro de ni novia esa alegría que le provoca bailar. Soy un roble, totalmente descoordinado. No obstante, por ella, por su sonrisa, bien vale intentar cambiar mi ostracismo rítmico. Siempre soy sincero y desde las primeras citas le advertí que NO bailo (NUNCA). Yadira (ni novia) lo tomó con calma. Intercambiamos gustos musicales y resaltó lo obvio: mi música no servía para bailar porque lo mío lo mío es el brinco. La suya me aturde como un huracán.

Pero Yadira también se confesó: me gusta leer, pero no tanto como a ti, dijo. En la previa de nuestro noviazgo ella se dejó llevar y disfruté mucho guiarla en mis textos favoritos. Vi en su rostro un interés genuino por todo lo que le explicaba. Entonces, ¿cómo hacer para emparejarme y compartir algo que ella disfrutaba? Estaba claro que no pretendía ser Pepito Avellaneda pero tampoco quería seguir con mi sonsonete de la música de banda (bastante forzado, también). Coincidimos en algo: la salsa.

Antes de Yadira jamás hice el intento por aprender a bailar y nunca me vi en una situación que ameritara hacerlo. Entre fiestas de amigos, familiares, con desconocidos, de cantina, jamás me nació el paso doble ni el un-dos-tres un-dos-tres. Yo mismo saboteé las oportunidades de ser chambelán. Si me apuran con los recuerdos, estoy seguro que también arruiné dos fiestas.

Y bueno, en algún momento me tenía que llegar el cambio. Son dos horas a la semana que he disfrutado bastante. La promesa al terminar el curso es que iremos a practicar a un conocido lugar con música en vivo. ¡A bailar!

3 comentarios:

Chica garabato dijo...

Awwww, la foto, la fotooooo, me matas con la foto.

Muy linda.

Un abrazo.

Chica garabato dijo...

Y qué bueno que estás de regreso, ojalá no te ausentes.

Juan José Mérida dijo...

Jajaja, gracias CG

¿Qué son las minutas?

Son mendrugos de ideas que no alcanzaron a convertirse en post.
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